Llegados a este punto, de vuelta a la gran ciudad de Melbourne, aún me restaba una semana más en este fantástico e inmenso continente. Después de más de quince días recorriendo la costa de Queensland, las vacaciones para muchos habían terminado. Pero no para mí. Así comenzó una parte muy importante de mi viaje, la que iba a realizar conmigo misma. Los viajes en compañía de amigos son especiales, lo más bonito es recordar cada detalle después. Pero hay veces en la vida, como decía mi amigo Sam (compañero mejicano con el que compartí velero), que necesitas hacerlo solo. Y aquel fue mi momento. Una fría mañana de invierno partí hacia Sydney desde Wangaratta, un pueblo vecino a Melbourne, donde uno de mis amigos vive y de quien me ajencié un sofá para pasar la noche al llegar de Cairns.
11 horas. Parece un trayecto largo pero a mí se me pasó volando. Hay que tener en cuenta que estaba cruzando del estado de Victoria, donde Melbourne es la capital, al estado de Nueva Gales del Sur. Es la mejor manera de percatarse de lo grande que es Australia en realidad. De hecho, uno de mis amigos comparó el mapa de Europa superponiéndolo al australiano en la misma escala, y aún sobraba espacio y espacio en este último.
Sydney es la ciudad perfecta. Me encanta. De hecho, está muy bien estructurada y puedes desplazarte fácilmente en ella sin agobios, a pesar de ser la más grande y antigua de todo el continente, y tener más de 4 millones de habitantes. La primera mañana allí me levanté con ganas de verlo todo. Hacía sol y no tanto frío como en Melbourne, así que caminé todo el día. Mapa en mano atravesé la ciudad de sur (donde estaba mi hostel) a norte, trazando un círculo que se abría primero hacia el este. Paseando entre plantas de mil especies nuevas para mí en el Jardín Botánico, llegué al mar. Y al doblar una esquina, allí estaba. Magestuosa, enorme, bellísima: Sydney Opera House. Os prometo que después de haberla visto en tantas ocasiones en miles de imágenes diferentes, esta vez fue distinto. ¡La tenía delante de mí!
Hay mil cosas que ver, esquinas que visitar, todo es nuevo, moderno y enormemente atractivo. Harbour Bridge, The Rocks, Chinatown, Martin Place (su pequeña plaza central), el Jardín Botánico, Circular Quay, el Acuarium (enorme! y con Nemo y todos sus amigos!) … y sus playas, aunque de eso hablaremos otro día. De momento, disfrutad de un pedacito de todo aquello.