Long walk home

Valladolid es mi segundo hogar. No puedo, cuando hablo de ella, no sentirla como parte de mi vida. Me acogió muy joven, crecí con ella, nos hicimos amigas. Es la única ciudad con la que no podría ser objetiva, no puedo describirla como las demás, no es simplemente un lugar del mundo que ver, es y será siempre un trocito de mí. Con 16 años escribí algo que siempre he querido compartir. Creo que es el momento.

MI VALLADOLLID ETERNA


Nunca olvidaré aquellos momentos… Antes de aquel día, no había experimentado una sensación igual, nunca algo tan profundo, nunca… Durante todo un mes mis nervios habían estado en tensión, tanta que, llegada la víspera, no lograba sostenerme en pie. El cansancio llegó a aferrarse con tanta fuerza a mí, que no pocas veces pensé en dar la vuelta y abandonarlo todo. La última semana había sido demasiado horrible como para recordarla, así que supongo la enterré en mi interior, muy dentro, igual que tantas otras cosas como había vivido hasta el momento.

Por fin llegó el día; tengo sólo vagos recuerdos de cuánto me costó abrir los ojos esa mañana cuando sonó el despertador de mi mesilla y el corazón comenzó a dar saltos como quien pierde la razón. Las agujas marcaban las siete y media de la mañana. Todo estaba calculado; un cuarto de hora para desayunar los acostumbrados cereales, que por cierto esa mañana no los saboreé como solía, otro cuarto de hora para hacer la cama y vestirme, otros diez minutos para meter el traje de karate, el cinto y toda una selección de vendas y esparadrapos en la mochila, y ya sólo quedaban veinte minutos para salir corriendo de la residencia, colgando antes la llave en el casillero para advertir a la recepcionista de mi ausencia, y dar alcance al autobús que me quería dejar sin competir. Debía, como es normal en estos eventos, llegar al pabellón media hora antes del comienzo de la competición, con el fin de cambiarme, ver a los competidores, observar el panorama, la distribución de tatamis…

El autobús hizo su parada en el Paseo Zorrilla. Una amplia calle, continuada sobre un puente, se abría ante mis ojos, y allí, al final, podía verse entre los árboles mi destino. Bajé del autobús y permanecí clavada en el sitio. Una fuerza inesperada impedía a mis piernas comenzar a caminar… más tarde descubrí que tan sólo era miedo, sólo miedo. Por fin, pasados unos minutos, eché mi mochila al hombro y encaminé mis pasos hacia aquel puente. Me pareció haber estado andando durante mucho tiempo y, sin embargo, todavía me encontraba encima del río, de nuevo petrificada y mirando hacia el horizonte, donde el Pisuerga desaparecía y lograba confundirse con el cielo. No recuerdo qué pensamientos juguetones pasearon tranquilos por mi mente, simplemente pensaba, serena, tranquila, como hasta entonces en todos aquellos días nunca había conseguido sentirme… Una extraña sensación se hizo presente y dirigiendo una mirada hacia mi reloj, empecé a correr, deprisa, muy deprisa, como si el miedo quisiera de nuevo apoderarse de mí y yo quisiera dejarlo atrás, muy atrás.

Eran las nueve menos cuarto y llegué a la entrada del polideportivo. Ahora mi corazón latía con mucha más fuerza. Entré. Caminé, todavía deprisa, por los pasillos hasta adentrarme en los vestuarios. No me dio tiempo a observar la organización de la pista como en un principio pretendía, sólo tuve tiempo de cambiarme y recogerme el pelo lo más pronto que pude.

Ya antes había estado en aquel lugar. Conocía a la perfección cada uno de los rincones en donde me encontraba, incluso al entrar, fugaces recuerdos de tiempos pasados volvieron a mi memoria con increíble claridad… Por fin me decidí a entrar en el vestuario 2. Allí solían estar las chicas de Ávila, conocidas mías, y si alguna compañera de mi mismo gimnasio se dignaba a participar, estaba segura de encontrarla allí también. Así fue. Pero no sólo estaban todas esas personas, sino que también tuve que afrontar el desafío de mirar a la cara a una chica con la que el año anterior me había enfrentado en combate. Aquello logró acelerar todavía más mi pulso, aunque enseguida esquivé su presencia y me dirigí a saludar con un par de besos a las chicas de Ávila. Aquellos fueron mis primeros momentos antes de salir a enfrentarme con un rival todavía peor, el público.

Comencé a cambiarme. Saqué todo el equipo de la bolsa y cuando me disponía a ponérmelo, comprobé que sólo quedábamos en el vestuario otra chica y yo. Miré por última vez el reloj antes de quitármelo y guardarlo con el anillo que tanta suerte me daba y que me había regalado mi madre. Todo quedó completamente guardado. Mientras iba hacia el lavabo, la última chica salió hacia la pista y de nuevo me quedé sola. Aquellos días llegó a resultarme insoportable la cotidiana sensación de soledad, el no poder hablar con nadie, durante unos míseros minutos, de otra cosa que no fueran estudios y karate.

Mojaba mis manos bajo el frío agua que brotaba a borbotones de un pequeño grifo y contemplaba absorta, en un diminuto espejo, mi rostro apagado, cansado, escondido detrás de una gigantescas ojeras que sostenían unos ojos desconocidos, hundidos en desasosiego y desesperación, capaces de transmitir la más profunda e inquietante de las miradas. Aquélla que recogía su pelo en una alta coleta y remataba su peinado empapándolo con sus manos, no era la misma persona de hace unos meses, cuando todavía no conocía el significado verdadero del agotamiento. Terminé mi hazaña y comprobé que no se movería aunque mi cabeza diese giros bruscos o mis piernas un salto… Todo estaba perfecto. Algo que sí recuerdo muy claro es un inmenso deseo de llorar.

Cada minuto de tiempo que transcurría parecía agarrarse insistente a mi corazón y al pasar un tiempo, era mi corazón quien parecía abrazarse desesperado a mi garganta con un ímpetu insospechado por querer huir. Apreté mis puños, contuve valiente mis lágrimas y salí de aquel sitio. Con paso firme y decidido llegué al pasillo central donde los chicos de la organización colocaban a los competidores en distintas filas para seguidamente hacer entrada por la puerta grande y saludar, como es costumbre, a los árbitros y a la gente que ocupaba las gradas. Me situé al final de una de las filas, estaba nerviosa, tenía frío y las manos comenzaban a sudarme cuando todavía mantenía los puños cerrados intentando concentrar mi atención en el kata que debía presentar.

Éramos muchos participantes; a la vez que yo repasaba cada movimiento de mi ejercicio, podía oír comentarios entre varios compañeros de un mismo gimnasio, palabras de ánimo de algún entrenador, incluso alguna risa que otra por parte de algunos que se sentían muy seguros y arropados.

De repente, y aún con las manos en tensión, aquella sensación de miedo mezclada con angustiosa soledad volvió a apoderarse de mí. Por más que hiciese, no conseguía volver a concentrarme, no servía de nada. Al instante, uno de los chicos de organización hizo una señal de aviso y las filas comenzaron a avanzar. Mis pies se habían congelado de frío y me costó emprender la marcha, pero alcé la vista al frente y pensé algo como: “Todos confían en mí; estoy sola pero puedo con esto y nada conseguirá que me hunda…”, y, sin más, llegué a la gran puerta del pabellón.

Ahora ya no era miedo, se había convertido en un terror espantoso, algo nuevo para mí y a lo que no sabía reaccionar. Las piernas me temblaban y ya no sentía en mi pecho aquel desbordado latir de corazón; sólo fue un instante, antes de cruzar la puerta, pero bastó para que siempre haya permanecido grabado en mi mente tal y como lo viví.

Por fin entré, cabeza baja, en tensión todo el cuerpo, paso lento… Psicológicamente estaba desconcertada, hundida, vencida, aunque luchase por afirmar lo contrario y darme ánimos a mí misma para seguir adelante. No había hecho más que empezar y yo volvía a sentir pánico por el fracaso…

Al entrar seguí a mis compañeros de fila y me coloqué en el centro del pabellón. Oía gritos, aplausos, nombres vitoreados… y todavía no había podido levantar la vista y encarar de frente al público. En tan sólo unos segundos, dejé de apretar mis manos y estiré los brazos hacia abajo, respiré hondo, me incorporé en posición de saludo y, rescatando fuerzas de lo más profundo del alma, levanté la vista con desafiante mirada, como si quisiera llegar a algún lugar más allá de toda aquella gente. De pronto, en un amplio ángulo de las gradas, observé con asombro una blanca pancarta manchada con pintura donde podía leerse con claridad: ”AUPA RA”… ¡Era yo!, ¡Esa pancarta era para mí!… pero… ¿Quiénes estaban detrás de ella?… ¡Dios mío!…

En aquel momento cerré los ojos y enseguida los volví a abrir, no daba crédito a lo que contemplaba. Más de la mitad de las gradas estaban ocupadas por gente que no cesaba de dar saltos en sus asientos y mover aquel trozo de tela en el que orgullosos levantaban mi nombre. Allí estaban todos. Toda mi clase de 2º de B.U.P., no faltaba nadie, incluso mi profesor de Educación Física estaba allí también, sonriente y aplaudiendo sin cesar, contento de que su “plan” hubiese salido a la perfección. Entonces algo inesperado sucedió, cuando, sin más, mi pulso volvió a acelerar su marcha… Allí, de pie igualmente entre todas mis compañeras, estaba mi familia. Mi padre, con sus mejillas sonrojadas y su alegre sonrisa, gritando a pleno pulmón que allí abajo competía su hija; mi madre, sonriendo también y levantando el dedo pulgar en señal de apoyo como solía hacer siempre en todos mis campeonatos desde que era pequeña y que ya echaba de menos hacía tiempo; y mi hermano, saltando más que todos siendo el más pequeño, y con los brazos extendidos hacia arriba.

El terror tornó en pura alegría, el cansancio se transformó en una descomunal fuerza, la soledad había quedado enterrada en el pasado y, como si de un fenómeno extraño se tratase, sentí yo también un contagio de aquellas sonrisas cuando mis labios descubrieron que sabían plasmar la felicidad en mi rostro.

Los árbitros del campeonato se colocaron en primera fila. Todo el pabellón se quedó en silencio unos instantes y, saludando primero a los jueces y luego al público, dieron por comenzada la competición. Todos los competidores nos retiramos de la pista hacia los lugares reservados para calentar. Los chicos de organización colocaron las sillas a los árbitros en cada tatami y las mesas donde algunos de ellos recogían las puntuaciones del participante que exhibía su kata.

Antes de colocarme en aquella zona reservada fui corriendo hacia las gradas y desde abajo saludé a todas mis compañeras. No podía llegar hasta donde estaban, pero donde sí llegué fue a alcanzar la mano de mi madre y de mi tía cuando ambas me desearon buena suerte. Sentí tener que dejarlos pero no podía permanecer allí por más tiempo y, además, desde la mesa central recibí una fulminante mirada amenazadora de mi entrenador al ver que perdía el tiempo y no estaba calentando.

Al fin me aparté de mi gente y comencé a mover mis piernas, desde los tobillos hasta las rodillas y, cuando llegué a la altura de la cintura, posé mis manos sobre el cinturón. Estaba desatado y no me había dado cuenta. Como si de la primera vez se tratase, volví a atarlo de nuevo, con cuidado, despacio, y cuando el nudo estuvo hecho, contemplé uno de los cabos donde figuraba mi nombre escrito en lengua japonesa. Tres años tenía en aquellos momentos mi cinto negro y nunca tanto había significado para mí el llevarlo puesto. Era mío, allí lo decía, no sólo figuraba mi nombre impreso en él, sino también mi fuerza de voluntad, mis conocimientos, mi valor, mis ganas de salir adelante, mi amor propio… mi triunfo. Sólo en aquel instante comprendí todo lo que para mí representaba participar en el campeonato. Sólo entonces descubrí el porqué de tanto entrenamiento, de tanta entrega… Con la velocidad del rayo transcurrieron ante mí miles de escenas vividas de cuando empecé a competir, cuando era pequeña y formaba parte de un grupo muy numeroso de gente que me quería y ayudaba. Mi mente recordó la sonrisa de mi maestro y la primera vez que me abrazó celebrando el triunfo de una primera copa. Llegué a pensar que todo aquello se había quedado tan atrás que nunca lograría recuperarlo y, sólo entonces comprobé que, de alguna manera, todos seguían conmigo.

Asegurando con fuerza una vez más el nudo del cinto, repasé el kata durante un tiempo y, por fin, oí mi nombre. Una chica de organización me llamaba; la siguiente en salir a la pista era yo. Me coloqué al lado de la mesa y les comuniqué el kata que iba a realizar. Mi corazón se precipitó de nuevo y aquella competidora anterior a mí, recibida la puntuación, se retiró del tatami. Saludé y me coloqué en el centro. Aún hoy no sé como actué aquella tarde, simplemente recuerdo que al terminar no estaba cansada y al darme las puntuaciones ni siquiera las miré, tan sólo quise escuchar el cálido aplauso que el público me brindó cuando finalicé y salí de allí. Más tarde, habiendo presentado un kata que no me dejaban hacer porque decían que todavía no lo hacía bien del todo, supe que con él me había colocado en primera posición.

Ahora me sentía muy bien, estaba muy animada; no cesaba de saltar y esa sonrisa que mis labios habían levantado permanecía conmigo sin abandonarme ni un momento.

Llegó la final. Al oír que estaba clasificada, creí que otra vez volvía a apoderarse de mí aquella sensación de miedo que oprimía mi pecho y, sencillamente, lo que estaba sintiendo, era una gran emoción.

Si intentase describir alguna de las cosas que acontecieron en la media hora siguiente, en la que se produjo el desenlace del evento, nunca podría dar cuenta de todos los detalles, sensaciones, pensamientos, temores o sentimientos que marcaron mi vida aquel día. Nunca logré un estado tan alto de concentración, nunca aclaré y ordené mis ideas como entonces, nunca en mi interior consiguió desencadenarse tan repetida e insistentemente un deseo de triunfo… Nunca tan orgullosa levanté un trofeo con lágrimas en los ojos y nunca vi llorar como aquel día a mi mejor amiga cuando, al concluir todo, la abracé y le dije al oído: ” Este año voy al campeonato de España y todo os lo debo a vosotros…”.

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