Nottingham

No todos los viajes y aventuras que he emprendido me han salido bien. Es por ello que hoy redacto esta página, escrita en su día a mis padres y amigos en forma de carta, desde Dublín, sirviéndome de las anotaciones de mi diario. Antes de llegar a Irlanda, mi aventura comenzó en el país vecino, Inglaterra, pero las cosas no salieron del todo bien. Lo importante en la vida es que de todo y de todos se aprende, siempre. Ahí va mi aportación.

APRENDER A VOLAR

En Inglaterra no usan fregonas… te hacen fregar de rodillas…

Cuánto me gusta poder hablar inglés con la genta, entender lo que dicen, hacer amigos de todas partes, compartir mis ideas en otra lengua con personas de diferentes países, culturas, creencias… porque tenemos un lenguaje común, un modo de comunicarnos aunque cada uno viva muy lejos del otro…

Cuánto lloré, cuantas veces deseé que algo pasara en el último momento y no poder subir al avión… y miedo, y llorar otra vez… pero lo hice, finalmente lo hice, me subí al avión y aquí estoy, después de un año, relatando mi aventura…

A las doce de la noche salía mi autobús desde Ponferrada con destino Madrid. Casi diez años viviendo fuera de casa y nunca un viaje comenzó tan mal. Eran casi las once, mi padre esperaba tumbado en el sofá viendo la televisión. Yo ultimaba detalles, cerraba maletas, comprobaba billetes de autobús y avión, y lloraba, sin parar, mecánicamente, como hacía años que no lo hacía, incluso dolía.

Llegó la hora. Levanté y acerqué a la entrada de casa la primera maleta. Mi padre oyó el ruido así que reaccionó apagando la televisión. Incorporándose, se dirigió hacia mí, me miró sin decir nada, se calzó sus zapatos y me encontró en el pasillo con la segunda maleta en las manos. Las dos ruedas traseras de ésta se habían roto por el peso y yo intentaba nerviosamente sacar toda mi ropa. Regresé a mi habitación en busca de una nueva opción donde colocar mis cosas. Finalmente encontré dos bolsas de deporte que segundos más tarde mi padre llenaba de nuevo. Se ponía nervioso, es lo que más recuerdo, y yo lloraba, maldita sea, yo no paraba de llorar…

Viajábamos rumbo a Ponferrada perseguidos de cerca por el tiempo que quería adelantarnos pero nadie es capaz de adelantar a mi padre conduciendo en esa carretera, nadie la conoce mejor que él, forma parte de su vida, y también de la mía…

“Es lo mejor que puedes hacer”, “es ahora cuando tienes que hacerlo”, “va a salir todo bien”… Mis pensamientos se mezclaban con palabras de ánimo que flotaban en la parte trasera del coche. Yo miraba por la ventanilla al cielo y el cristal me devolvía mi imagen, nueve años atrás, allí estaba yo, en el mismo sitio, mis padres, mis maletas y un destino, una ilusión, igual que la primera vez que salí de casa.

El autobús Ponferrada-Madrid esperaba en su andén. Llegaría a la capital de madrugada, al día siguiente, 30 de septiembre de 2005. No me gustan las despedidas, esta tampoco me gustó. Siento que llevo despidiéndome toda mi vida…

Recuerdo que no dormí nada aquella noche en el autobús. Mi tan buscada, planeada y preparada plaza resultó ser usurpada por un tipo que dormía plácidamente contra mi, ahora su, ventana. Nada le pude decir, nada me dijo él al despertar en Madrid, una confusión, nada más. Y el sueño ni se acercaba a mí, ni me miraba siquiera, y lloraba, dormitaba un poquito, lloraba, soñaba, pensaba y lloraba de nuevo.

Estación de autobuses, taxi, aeropuerto de Barajas, siete de la mañana. Recuerdo el cansancio, el peso de las maletas, el sueño que finalmente me había encontrado. El mostrador de la compañía British Airways estaba abierto, así que decidí facturar el peso sobrante. Dos chicas comenzaban la jornada disponiéndolo todo detrás del mostrador. Me acerqué a ellas y me deshice de las maletas. Creo que se rieron de mí todo el día… acababa de realizar el “check in” siete horas antes de la salida del vuelo…

Ni las llamadas telefónicas de mi familia y amigos, ni sus ánimos, ni el bocadillo, ni el café, ni el libro, revistas, chicles varios, etc., distrajeron al sueño de su empeño ahora de hacerme compañía. Me quedaba dormida, en cualquier sitio donde me sentaba. Me abrazaba a la maleta más pequeña que llevaba conmigo y me dormía, incluso soñaba, y me despertaba otra vez sobresaltada, y el corazón latía fuerte, y el tiempo se había detenido, no pasaba.

Y de pronto el sueño se fue, asustado creo por la gente que esa mañana viajaba a Birmingham como yo y que se sentaba a mi lado. Se acercaba la hora y no pasaba nada, todo era normal, no había excusa ni paso atrás. El avión era pequeño, pocos pasajeros volábamos aquella mañana hacia el centro de Inglaterra.

Fue precioso. El cielo español estaba despejado aquel día. El avión dejaba atrás la península y se acercaba a la costa francesa, más tarde la costa inglesa y después nubes, y más nubes, y ya sobrevolábamos Inglaterra.

Aterrizamos. Una chica se acercó a mí y me preguntó si podía cogerle su bolso de viaje que estaba justo al lado del mío. Y me lo dijo en español. Así que, a mi pregunta, “a propósito, ¿sabes dónde puedo dirigirme para coger un tren que me acerque a Nottingham?” ella contestó, “no, ni idea, pero seguro que mi novio sí porque es de aquí”.

Conseguí llegar a la estación de tren de Birmingham, enorme. Y pregunté hasta que encontré el tren que buscaba. No podía creerlo, mi tren era el único tren inglés que venía con retraso. Y tanto se retrasó que finalmente no llegó. Decidí esperar. Preguntaba y hablaba como podía y resultaba que podía entender casi todo lo que querían decirme… incluso ellos me entendían a mí… Es gente muy amable. Todos te sonríen y están dispuestos a ayudar. Pero sólo si preguntas, claro, ellos no saben que estás totalmente perdido si no lo dices… eso es algo que aprendí a los trece años en Valladolid…

Cogí el último tren y aún otro más que me dejaría finalmente en la estación de Nottingham. Estaba exhausta. Lloraba lágrimas de miedo y emoción por haber conseguido llegar. Sabía que el hotel en el que iba a trabajar no estaba muy lejos, pero aún así pregunté a un guardia. Ahora podía verlo desde la entrada a la estación de tren. Allí estaba, iluminando el oscuro cielo de la noche de Nottingham, enorme, altísimo, poderoso. Comencé a andar hacia él. Recuerdo la niebla, la minúscula lluvia, el peso de nuevo, el cansancio, el sueño.

Un chico me miraba sorprendido desde la mesa de recepción del hotel. Maleta de ruedas en una mano, dos bolsas de deporte, una en cada hombro, mochila, empapada en sudor y agua de lluvia, sin aliento, sonriendo. Devolviéndome la sonrisa me entregó un papel con una dirección, mi alojamiento, y llamó a un taxi.

Realmente pienso que lo mío con los taxistas es algo especial, quiero decir, debo de tener algo que les impulsa a preguntar y querer saber más… Pues esta vez no fue diferente, aunque fuese en otro idioma; sentía curiosidad así que le resumí mi vida prácticamente. A cambio, disfruté de una visita guiada, nocturna eso sí, por los alrededores de la ciudad, maravilloso. El fallo estaba en que en aquel momento descubría dos cosas: mi alojamiento no era en el hotel ni tampoco cerca de éste, como me había asegurado la agencia de Madrid. Después descubriría que el trayecto que debía recorrer cada mañana me llevaría una hora entre el bus y el tranvía.

Llegamos. Pagué al taxista y me bajé del coche. Llamé a la puerta y un chico salió a mi encuentro. En aquel momento el taxista se despidió de mí desde el coche, siempre se aseguran de que el cliente no se queda solo en la noche. Más adelante descubrí que Nottingham encabeza la lista que marca el índice de criminalidad de toda Inglaterra… quizás por eso el taxista esperó a verme acompañada antes de irse.

Entré en la casa. Aquel chico me explicó dónde estaba mi habitación y a qué hora debía levantarme a la mañana siguiente para empezar a trabajar. De pronto sentí una voz detrás de mí en mi idioma, era Cristina Rico, de Jaca, Huesca, la que se convertiría en mi compañía día y noche durante mi estancia en Nottingham, por la simple razón de que nadie más me entendería, ni en inglés siquiera, a excepción de aquel chico que había salido a mi encuentro, Milos, mi jefe y supervisor.

robin-2.jpg(Robin Hood, Nottingham Castle, by Eishier)

Mi primera mañana en Nottingham comenzó con lluvia, mucha niebla y frío. Dos mujeres (alrededor de los cuarenta años de edad) se unieron a Cristina y a mí para llegar al autobús. Eran las dos primeras compañeras que conocía y no podía hablar con ellas. Eran de Lituania, no sabían inglés.

Me subí al primer piso del autobús, quería ver la ciudad de día. Recuerdo que me encantó. Una vez en el centro nos subimos a un tranvía y finalmente llegamos al hotel. En la segunda planta esperaba aquel chico, Milos, nuestro manager. Me entregó el uniforme, una camisa azul, en tres mañanas más obtendría los pantalones. Me cambié. Un vestuario, una taquilla para veinte, una llave, prisas, más compañeras, silencio, caras de cansancio, nervios, sonrisas olvidadas, mal humor, sueño, miedo.

Cada mañana Milos asignaba habitaciones por limpiar a cada persona. El salario de cada uno dependía del número de habitaciones que se limpiaran. El primer día salí a las siete de la tarde. Fue entonces cuando me di cuenta de que el salario no se correspondía con el mínimo que me prometían en Madrid y que el horario, por supuesto, tampoco era de ocho horas. Se salía del hotel una vez terminadas todas las habitaciones asignadas.

Y en Inglaterra todo se cierra a las seis… Afortunadamente cuando llegamos a las viviendas la tiendecita de la esquina estaba abierta. Sólo recuerdo que compré leche y algo más, una cena rápida y a dormir. Muerta, agotada. Finalmente, alguien había colocado un colchón en mi cuarto.

Durante tres días realicé lo que llaman el training, tan conocido en países de habla inglesa. Se trata simplemente de aprender qué debes hacer cada día. Yo lo hice con Cristina, tres días, al cuarto, éramos un equipo. Pero trabajábamos demasiado lentas. Así que nos separaron de nuevo. Y nos asignaron más habitaciones, y más camas que hacer y más baños que limpiar, y cada día aumentaba el trabajo. Descansábamos sólo un día, nunca en fin de semana, había demasiado por hacer. Generalmente el día libre lo pasaba durmiendo.

En Inglaterra no existen las fregonas. De mano, digo. Por lo menos en Nottingham, en el hotel Jurys Inn de Nottingham, no hay fregonas. Los empleados que limpian las habitaciones lo hacen de rodillas.

El segundo día nos cambiaron de casa a una que estaba cerca para poder compartir habitación. Convivíamos con varias personas, en total éramos seis. Todos eran polacos menos nosotras dos. Hugo, uno de ellos, era el supervisor, el housekeeper, el que nos asignaba tareas y nos controlaba. Cuanto nos ayudó. Debía trabajar a las órdenes de Milos, el manager, y no podían verse, se llevaban muy mal, pero se respetaban, a nadie le sobraba el trabajo.

Hugo se convirtió en nuestro apoyo. Se había ido de su país dejando atrás un matrimonio fracasado y dos hijos. Tenía 25 años. Había trabajado en otros muchos hoteles. Después de dos años limpiando habitaciones, había conseguido llegar a supervisor. En tres meses lo trasladarían a un hotel nuevo donde ascendería de puesto a manager.

Tristeza, aquella tristeza en la mirada de cada uno que se clavaba en el alma, que encogía la garganta, que frustraba una sonrisa, que lloraba en silencio, amarga, profundamente amarga. Sobrevivir, obtener dinero de cualquier forma y mandarlo, a un país lejano, alguien lo estaba esperando ansioso. Trabajar seis días a la semana, diez, once, doce horas. Ahorrar hasta el último céntimo, levantarse dos horas antes para no coger el autobús (1′20 libras), cruzar la ciudad. Y lluvia, viento, niebla, frío, sueño, cansancio, tristeza.

Y esa tristeza se apoderaba de mí. Lloraba por dentro. Cómo describir lo que uno siente cuando ve a una persona rota, vencida, viviendo por inercia. Recuerdo a aquellas dos mujeres que se unieron a nosotras el primer día. Una de ellas era recriminada cada mañana por el manager porque calzaba sandalias con calcetines para trabajar… Nunca cambió sus zapatos, no podía, no tenía dinero, y si lo tenía, por supuesto no era para ella. Aquella mañana fue la primera y la última vez que cogieron el autobús, decidieron unirse al grupo de polacos, ellos sabían llegar andando.

Una mañana haciendo una cama me derrumbé. Lloraba, pero aún así continuaba haciendo mi trabajo. Me sentía atrapada. La pena convivía conmigo y el día transcurría en soledad. No hablaba con nadie, sólo recibía órdenes, sin descanso. Habían desaparecido mis ganas de viajar, conocer sitios, mis ganas de aprender inglés en alguna academia, de pasarlo bien, de vivir. Y no quería pensar en regresar a España, sentía que me había fallado a mí misma y a todos. Una semana antes de partir hacia Inglaterra, la Universidad de Salamanca me notificaba por carta mi admisión en la carrera de Comunicación Audiovisual… y lo había cambiado todo por aquello… Así me sentía, atrapada.

Entre habitación y habitación pensaba buenas razones por las que permanecer allí. Poco a poco me quedé sin pros que contar y me encontré a mí misma con una saco lleno de contras y toallas sucias. Mientras limpiaba un baño, Hugo me encontró llorando. Me abrazó. Creo que nunca me ayudó tanto un abrazo. Aquel día, más tarde, subiría a su cuarto y hablaría con él. Esto no es para ti, me dijo, tú no has huido de tu país en busca de algo mejor.

(Old Market Square, Nottingham, by Mc Millan)

Creo que me cansé de sobrevivir como ellos porque yo no necesitaba aquello. Me había convertido en una superviviente más. No necesitaba vivir temiendo que me quitaran el trabajo o que me robaran mis cosas; no había razón para llegar antes si no quería quedarme sin comida, ni pisar a mis compañeros por dos habitaciones más que limpiar. Quizás me faltaba entender que ellos habían sido pisados muchas veces.

Un día terminé pronto y me fui a buscar la Universidad. Mi padre me había explicado en una ocasión que un familiar nuestro había pasado ocho años de su vida en Inglaterra, estudiando, y había recibido muchas ayudas. Busqué. Pregunté en varias facultades y puntos de información, no hacía más que dar vueltas. Y entonces mi teléfono sonó, un mensaje. Era Natalia, una amiga de Zaragoza, habíamos estudiado juntas la carrera en Madrid. Me escribía desde Dublín, llevaba ya unos meses allí. Su mensaje me abrió los ojos. Era muy simple, solamente quería saber cuándo podríamos organizar un viaje juntas algún fin de semana, ahora que éramos vecinas… ¿un viaje? ¿fin de semana?… Me detuve. Pensé. Y la llamé. Le conté todo, y a medida que lo hacía me daba cuenta de lo que estaba viviendo. Quizás todo se había convertido en una rutina para mí y no era capaz de ver más allá. Unos días más tarde, mis padres lo supieron también.

Natalia me ofreció su sofá, su apoyo y su ayuda para empezar de cero en Dublín y buscar un nuevo trabajo. Había encontrado la salida.

Creo que nunca he decidido algo tan importante para mí en tan poco tiempo. Media hora después de haber hablado con mi amiga, compraba el billete de avión por internet. Dos días más tarde, volaba a Dublín. Era el 15 de octubre de 2005.

A Hugo y a Cristina les dije que una amiga había encontrado un trabajo para mí en Irlanda, que todo estaba arreglado. Mentí, pero creo que en aquel momento lo hice por no preocuparles.

La mayor satisfacción de todas la experimenté al subir a la oficina del segundo piso de hotel, cuando le comuniqué a Milos: “Soy periodista y he encontrado un trabajo en Dublín”. La mentira más sana de toda mi vida. Realmente pienso que me dio salud. Porque sentí que nadie podía pisarme, me sentí grande, fuerte, como hacía tiempo que no me sentía, aunque fuese una mentira… media mentira en realidad, los cinco años de carrera en Madrid eran la única parte cierta.

Llovía la mañana que me fui. Hacía frío y la niebla podía palparse. Hugo me encontró desayunando. Me abrazó y no dijo nada. Solamente alcancé a oír un “good luck” antes de que la puerta se cerrase. Creo que a él tampoco le gustaban las despedidas…

Cristina me ayudó con las maletas hasta la estación de autobuses que estaba muy cerca del hotel. Se despidió y se fue a trabajar. En un mes la trasladarían a Londres por petición propia y pronto cambiaría de trabajo.

London Stanted es un aeropuerto enorme. Hay mucha gente joven trabajando para diferentes compañías aéreas, muchos de ellos son españoles. El aeropuerto de Dublín es pequeño, resulta fácil encontrar lo que buscas. Natalia vino a recogerme. Llovía.

El autobús nos dejó en frente de su casa. Natalia compartía vivienda con cuatro personas más, dos españolas y dos alemanes. La gente, estupenda. La casa, daba miedo. La fuerte humedad y los miles de insectos de múltiples clases eran algo normal en aquel sitio. La moqueta, de un rojo chillón, cubría toda la casa exceptuando el baño y la cocina. Escondía vida.

El jardín, ahora convertido en bosque profundo, no invitaba demasiado a entrar allí. Las bicicletas de la pareja de alemanes esperaban ser rescatadas de entre la maleza, sujetas a una valla que separaba el jardín vecino. La entrada a la casa, repleta de zapatos mojados y abrigos esperando secarse, daba paso a un salón terrorífico. En el centro se descolgaba una lámpara de película. Cinco brazos que se extendían desde la parte central sostenían cinco bombillas en forma de vela. Sólo una de ellas se mantenía todavía encendida, por lo que la estancia era iluminada con una tenue luz de color naranja amarillento que luchaba por sobrevivir a la oscuridad que todo lo envolvía.

El baño era lo peor de todo. Mi primera ducha fue aquel mismo día, antes de salir a descubrir la noche dublinesa. Tenía frío. Me descubrí a mí misma en una imagen borrosa que devolvía un espejo sucio, viejo, triste, rodeada con la toalla hasta la barbilla, los pies encima de las zapatillas y sin saber cuál era el paso siguiente. Aquella bañera había dejado de serlo, creo que sobran las descripciones.

La mejor parte de la casa era la cocina, exceptuando el fregadero y alrededores. Era el lugar de reunión, donde se hablaba, hasta a veces en inglés, sobre la jornada, el trabajo, el tiempo… España, la familia, sueños, ilusiones, risas… y la música de una vieja radio se oía de fondo.

En aquella casa construí, poco a poco, mi segunda oportunidad, comencé de nuevo. No fue fácil, pero para nadie lo es. Todos salimos de casa con ilusiones por cumplir y muchos no llegan, no continúan, deciden volver, y ahora entiendo porqué. Después de la primera noche en Dublín quise regresar a España. De pronto estaba en un pub irlandés rodeada de gente que había bebido demasiado. La mayoría eran españoles. Tiritaba de frío al llegar a casa después de haber hecho el camino de vuelta a pie bajo la lluvia. Durante los primeros cinco días dormí en la habitación de una compañera de Natalia. Su cama, su habitación, eran húmedas, incluso el aire que se respiraba allí estaba cargado de humedad. No importaba cuantas mantas echara sobre mí, el frío dormía conmigo cada día, se agarraba muy dentro. Quería volver a casa.

(Tucan, at Guinness Storehouse, Dublin, by Dan Casas)

Cada día me levantaba temprano, desayunaba, me vestía y partía hacia el centro de la ciudad con un mapa, un cuaderno y el paraguas. Al viento de Dublín no le hacen gracia los paraguas, se divierte persiguiéndolos hasta asegurarse de su completa destrucción.

Pasados quince días recibí una llamada telefónica. Había conseguido un trabajo en un bar-chocolatería del centro. En tres semanas compartía casa con tres chicas más en una zona preciosa de Dublín, frente al mar. Por fin despertaba del peor sueño que he tenido jamás.

“… que no existe otro camino ni sendero que aquel que nace y muere delante y detrás de quien lo surca…” V. Figueroa.

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