El segundo día en Sydney también se levantó frío pero muy soleado. Así que decidí ir al puerto (Circular Quay) y visitar alguna de las zonas alejadas de la ciudad. Reduciendo posibilidades, la decisión estaba entre las dos playas más famosas de Sydney, Bondi y Manly, y finalmente me incliné hacia Manly, siguiendo las recomendaciones del chico (australiano aborigen) que se había sentado a mi lado en el tren. Desde el puerto cogí un ferry que me dejaría en menos de media hora en la zona de Manly Beach. Después de una visita al sitio de información, recorrí las calles de aquel pequeño área, paseé por los largos recorridos perfectamente acondicionados a lo largo y ancho del pequeño archipiélago y bordeando los acantilados y construcciones imposibles, terminé comiendo un bocata sentada en la playa como tantos turistas, admirando el atardecer en el mar y a los surfistas, claro.
Sydney fue una parada en el tiempo. Éste parecía no transcurrir, no lo hacía, de hecho, para mí. Sentada en banco del jardín del Observatorio Astronómico admirando la ciudad desde arriba, caminado por el Harbour Bridge, sintiendo el viento de la playa de Manly, recorriendo el puerto de Darling Harbour, perdiéndome por el barrio de Kings Cross… me descubrí a mi misma sonriendo, disfrutando del mundo, y el mundo disfrutando conmigo. No hay mayor satisfacción, cosa más bella y que te haga sentir mejor que la complicidad con uno mismo.